martes, 12 de agosto de 2014

Homicidio de ilusiones

Lo estropeas.
Masticas, arrancas, revientas, destruyes, perforas, aniquilas.
Mis ilusiones salen en estado crítico, su última risa pendiendo de un hilo. Electrocardiograma plano con breves y espaciados saltos de querer volverlo a intentar. Cada vez más breves, cada vez más espaciados.
Y tú sonriente y triunfal, ajeno al homicidio que has estado a punto de cometer. Totalmente inmune a toda emoción. Sordo de corazón. El témpano de hielo que siempre fardaste ser.

Y que yo nunca entenderé que lo prefirieras así. Que nunca entenderé que pese a estar delante de tus ojos pidiendo clemencia, comprensión, oportunidades y esfuerzo, tú nunca te derritieras.
Pese a que era yo. Pese a que eran mis ojos los que te lo pedían. Esos ojos junto con los que llegas al nirvana. A los que más sonríes entre todos. Esos ojos que te lo dan todo. Esos ojos a los que permites llamar a tu puerta, aunque nunca les invites a pasar dentro. Esos ojos en los que te dejas perder.
Que era yo la que te lo pedía… Pero como si de otra cualquiera se tratase.

Y entonces es cuando una ve que nada cambia, que sólo son las ilusiones las que transforman el prisma de las cosas para que parezca que van a mejor, para motivarnos a seguir adelante una y otra vez.

Pero yo ahora tengo mis ilusiones en la UVI, en estado crítico, a punto de perder la gran batalla. Ya no hay nada que incite a seguir adelante. Electrocardiograma sin apenas pulso que echarte.
Y mil decepciones rodeándolas como séquito de la derrota, ganando terreno, haciéndome perder el mío.

Haciendo ganar el tuyo.


miércoles, 23 de julio de 2014

Suéltalo, Croacia.

Y vuelve ya, que se te echa de menos. Que estás muy lejos. Que te tengo miedo. Que no me gustas a distancia. Que me asusta, que no me da tiempo a atarme los cordones por si tengo que salir corriendo. Huyendo o a buscarte.

Vuelve ya, joder. Que las ganas ya no me dan para más noches. Que tengo tu recuerdo entre las piernas. Que necesito devorarte, fumarte como si del último cigarrillo se tratara. La última raya de coca que nos devuelva al mundo de yupi.
Ven, que quiero envolverte entre mis piernas y sentirte bien profundo. Que quiero darte besos que dejen marca. Que quiero tu marca justo a la altura del corazón.

Y que sigas haciendo eso que me haces entre beso y beso, entre una embestida y la siguiente. Eso de acariciarme la cara y mirarme a los ojos como si quisieras confesarme mil cosas que nunca me dirás. Eso de traspasarme y decírmelo todo sin palabras. Eso de volverme el chichi pepsi cola con una mirada. Eso de conectar mientras llegamos al nirvana.

Corre ven, y ya quédate. Que Croacia sabe cuidarse sola.

martes, 24 de junio de 2014

Mi sexo de tu risa

Que sólo quiero colmarte, llegar a la cima de todos tus orgasmos, que a cada uno de ellos le pongas mi nombre.
Que me busques, que me bebas. Que me tires del pelo, que me sonrías entre la hierba.

Porque el Metro no sería Metro sin ti. Sin sentirte a mi espalda, sin reprimirme las ganas de, en cada curva, caer sobre ti (accidentalmente). Y que me cojas a tiempo, justo antes de tocar el suelo, y me digas que soy la niña más bonita de todo Madrid, aunque sea mentira.

Porque quiero que seas mi territorio libre. Gritarte, gemirte. Que ninguna de esas lagartas de curvas insinuantes y labios con veneno de fresa me quiten lo que me he ido ganando a pulso. La tierra que con sudor conquisto. Que ninguna elimine mi olor de vainilla en tu piel, que tanto me cuesta cultivar. Que cada arañazo en tu geografía sea mío, y que le corresponda un mordisco desesperado. Que sólo sea mi nombre el que te apetezca. Por lo demás, eres totalmente libre. De elevarme las caderas siempre que te empujen las ganas y de desaparecer del mapa cuando nos agotemos el uno al otro. Que yo también necesito respirar mi propio aire sin que todo huela a ti.
Ese es el trato.

Quiero ser tus ganas. Ese donut de chocolate después de una noche de sexo amazónico y desenfrenado. Ese beso suave que delata los sentimientos.
Ser princesa en tu reino sin rey, y proclamarte rey sin corona. Sin ley que dicte cómo debemos sentirnos. Porque eso sí: quiero sentirte suave y violento, sin reglas. No quiero leyes que me delimiten, nos delimiten. Armaduras del tamaño de gigantes, Goliat adoptando tu nombre.
Que yo soy amazona del viento, pleno oleaje. Y en cuanto delimites tus fronteras, me esfumo. Si me cortas las alas te muerdo. Si te vuelves rutina, huiré tan lejos como pueda.

Así que déjame ser verano, y lloverte como el monzón, y enseñarte mi valle escondido, y ser esos segundos antes de tu orgasmo, y pelearte los besos, discutirte las ganas, arrebatarte mi nombre, quedarme embobada mirando tus ojos.
Que la piel se me convierte en chocolate al contacto con un beso… Y sé que eres un vicioso del chocolate.

Vamos a perdernos en el metro, que las curvas del trayecto nos acerquen, que los tropiezos accidentales ocurran, que se penetren nuestras ganas y nazcan besos con corriente eléctrica que pongan de punta los pelos de la nuca, que cosquilleen los dedos de los pies.

Porque hasta las ganas son efímeras y yo necesito sentirte y explorarte como si no hubiera un mañana, porque realmente solo existe un hoy.

Y hoy es todos los días.

domingo, 8 de junio de 2014

Quizases

Supongo que no es fácil tomar decisiones. O quizá lo que no sea fácil es saber exactamente qué queremos o qué sentimos, para poder entonces tomar una decisión acorde.

Creo que precisamente ahí reside mi problema. Tengo sentimientos encontrados. Tengo todo tipo de maravillosas y desesperantes contradicciones.
Sé que a veces las cosas no son simplemente blanco o negro, pero encontrar el tono exacto de gris en el que te encuentras es una auténtica misión imposible.
Quizás simplemente esté intentando seguir creyendo en algo que me decepciona una y otra vez. Quizá intento hacer que funcione algo que no está hecho para funcionar. Quizá sólo estoy pensando demasiado en algo a lo que le tengo que dar la oportunidad de ir saliendo solo. Quizá estoy siendo un poco impaciente.
Quizá, quizá.

No lo sé. Sólo sé que no estoy segura de nada. Porque lo único que sé es que quiero tener la mente tranquila, estar contenta y no pensar en nada. Y eso me está costando más trabajo del que creía.
Quizá él no tenga ninguna boca de caramelo. Ni un descapotable rojo con el que llevarme a soñar. Ni las ganas ni la paciencia para sentirmeme. Ni las manos hechas para tocarme. Ni el tiempo para gastarlo conmigo.

Quizá en el fondo sí sé en qué tono exacto de gris me encuentro, sólo que no me atrevo a tomar una decisión al respecto por todo lo que ello implicaría. Por todo lo que voy a perder.

Y quizá estoy ligeramente enganchada a esa sensación como para dejarlo todo marchar.


viernes, 9 de mayo de 2014

Batallas de Chocolate

 Me gusta observarle cuando no me mira, cuando está distraído haciendo otras cosas. Sobre todo me gusta observarle cuando vuelve a vestirse después de haberle quitado la ropa a zarpazos tiempo antes. Quizá podría decirse que me concentro más en sus manos, que por algo que aún no sé bien cómo explicar tienen algo misterioso que me encanta.

Meticuloso, se arregla. Se viste, se peina, se echa colonia. Entra en el cuarto de baño como un auténtico tarzán sudoroso y sale todo bien vestido y perfumado, como un señor. Y camina despacio, sin prisa. Se mueve como si el tiempo no corriera para él, como si él lo tuviera cogido por los bigotes, como si él tuviera el mando.
Cuando entra en la habitación me hago la sueca, disimulo y me pongo a observar la habitación, en la que realmente hay poco que observar.

-          ¿En qué pensabas? – me dice.
-          En chocolate – le digo mientras sonrío.
-          ¿Tienes hambre? Puedo mirar si aún queda algo de chocolate, aunque ya sabes que en mi casa no dura ni un día.
-          No, no tengo esa clase de hambre. No pensaba precisamente en ese chocolate.
-          ¿Entonces?

Sin prisa, me levanto y en dos pasos reduzco la distancia entre nosotros a cero. Le apoyo contra la pared y le planto uno de esos besos que llevan en ellos toda la doble intención del mundo.

-          Anda para, que como sigas así me caliento otra vez y ya la hemos liado… - me dice.
-          Vamos a ver chaval, ¿es que no estoy dejando suficientemente claro que vengo buscando guerra y que quiero que me la líes parda?

Se ríe en mitad del beso, inspira fuerte y como si levantase una pluma me coge y me lleva en dos segundos al sitio donde más me gusta tenerle bien cerca: la cama.


Y vaya si la liamos parda.