Lo estropeas.
Masticas, arrancas, revientas, destruyes, perforas,
aniquilas.
Mis ilusiones salen en estado crítico, su última risa
pendiendo de un hilo. Electrocardiograma plano con breves y espaciados saltos
de querer volverlo a intentar. Cada vez más breves, cada vez más espaciados.
Y tú sonriente y triunfal, ajeno al homicidio que has
estado a punto de cometer. Totalmente inmune a toda emoción. Sordo de corazón. El
témpano de hielo que siempre fardaste ser.
Y que yo nunca entenderé que lo prefirieras así. Que
nunca entenderé que pese a estar delante de tus ojos pidiendo clemencia,
comprensión, oportunidades y esfuerzo, tú nunca te derritieras.
Pese a que era yo. Pese a que eran mis ojos los que te lo
pedían. Esos ojos junto con los que llegas al nirvana. A los que más sonríes
entre todos. Esos ojos que te lo dan todo. Esos ojos a los que permites llamar
a tu puerta, aunque nunca les invites a pasar dentro. Esos ojos en los que te
dejas perder.
Que era yo la que te lo pedía… Pero como si de otra cualquiera se tratase.
Y entonces es cuando una ve que nada cambia, que sólo son
las ilusiones las que transforman el prisma de las cosas para que parezca que
van a mejor, para motivarnos a seguir adelante una y otra vez.
Pero yo ahora tengo mis ilusiones en la UVI, en estado crítico, a punto de
perder la gran batalla. Ya no hay nada que incite a seguir adelante. Electrocardiograma
sin apenas pulso que echarte.
Y mil decepciones rodeándolas como séquito de la derrota,
ganando terreno, haciéndome perder el mío.
Haciendo ganar el tuyo.