martes, 12 de agosto de 2014

Homicidio de ilusiones

Lo estropeas.
Masticas, arrancas, revientas, destruyes, perforas, aniquilas.
Mis ilusiones salen en estado crítico, su última risa pendiendo de un hilo. Electrocardiograma plano con breves y espaciados saltos de querer volverlo a intentar. Cada vez más breves, cada vez más espaciados.
Y tú sonriente y triunfal, ajeno al homicidio que has estado a punto de cometer. Totalmente inmune a toda emoción. Sordo de corazón. El témpano de hielo que siempre fardaste ser.

Y que yo nunca entenderé que lo prefirieras así. Que nunca entenderé que pese a estar delante de tus ojos pidiendo clemencia, comprensión, oportunidades y esfuerzo, tú nunca te derritieras.
Pese a que era yo. Pese a que eran mis ojos los que te lo pedían. Esos ojos junto con los que llegas al nirvana. A los que más sonríes entre todos. Esos ojos que te lo dan todo. Esos ojos a los que permites llamar a tu puerta, aunque nunca les invites a pasar dentro. Esos ojos en los que te dejas perder.
Que era yo la que te lo pedía… Pero como si de otra cualquiera se tratase.

Y entonces es cuando una ve que nada cambia, que sólo son las ilusiones las que transforman el prisma de las cosas para que parezca que van a mejor, para motivarnos a seguir adelante una y otra vez.

Pero yo ahora tengo mis ilusiones en la UVI, en estado crítico, a punto de perder la gran batalla. Ya no hay nada que incite a seguir adelante. Electrocardiograma sin apenas pulso que echarte.
Y mil decepciones rodeándolas como séquito de la derrota, ganando terreno, haciéndome perder el mío.

Haciendo ganar el tuyo.